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No amaneció: la luz cayó al fango
Un miércoles de ceniza me cayó encima
como si el cielo hubiera decidido desplomarse
con toda su herrumbre sobre mis hombros.
Temprano, cuando el día todavía fingía
una inocencia indecente,
un niño murió de cáncer
y el mundo siguió respirando
con esa obscena naturalidad con la que respiran los verdugos.
No me destroza la muerte sola.
La muerte es un oficio viejo del universo.
Lo que me abre en canal
es la infancia arrancada de raíz,
el patio vacío,
el cuaderno sin terminar,
la risa clausurada
antes de aprender a defenderse del mundo.
No alcanzó enero.
No alcanzó la fiesta.
No alcanzó el año nuevo.
No alcanzó el ruido de las campanas ni el pan de la mesa.
Al tiempo le bastó una sola mordida
para dejar su calendario convertido en trapo.
Estuve con él varias veces.
Charlas donde escuché sueños, aspiraciones... porvenir
y ganas, muchas ganas de jugar con otros niños
tiempo suspendido en la sala del dolor.
Y sin embargo, ahora su ausencia me perfora
como una catedral hundida dentro del pecho,
como si el alma reconociera hijos
que nunca engendró
y aun así tuviera que enterrarlos.
Pienso en sus padres
y se me descompone el idioma.
Hay dolores que no caben en ninguna gramática.
Hay desgracias que no visitan una casa:
la infestan.
Se meten en las sábanas,
en la comida,
en los retratos,
en la respiración misma,
hasta volver inhabitable el aire.
Fui porque tenía que ir.
Porque se lo había prometido.
Porque a veces la palabra dada
es el único hueso que nos sostiene.
Volví roto.
Él aún tenía un resto de cielo en los ojos
y yo llevaba dentro una ferretería de impotencia,
un puñado de clavos inútiles,
un vaso de sombra,
una torpeza llena de ternura y rabia.
Entonces pensé en los míos
y el miedo me mostró sus dientes.
Nadie quiere heredarle a los que ama
un cuarto lleno de luto,
una silla vacía que no se termina nunca,
un pasillo donde la memoria golpea las paredes
como un animal que no entiende su jaula.
Esta mañana no recé.
Esta mañana cité a Dios
hasta el tribunal de mi rabia.
Lo senté frente a la cama vacía,
frente a la aguja, frente al hueso,
frente a la fiebre,
frente al pequeño cuerpo devastado
por una maquinaria sin misericordia.
Y le pregunté para qué sirve una eternidad
si no sabe inclinarse sobre un niño que se rompe.
No fui humilde.
No llevé incienso ni mansedumbre.
Llevé los dientes apretados,
la lengua llena de óxido,
el corazón convertido en un animal acorralado.
No pedí piedad.
Le exigí explicaciones al abismo.
Le exigí cuentas a esa arquitectura de silencio
que algunos todavía llaman cielo.
Pero Dios no compareció.
Dejó su lugar vacío,
como siempre lo dejan los dioses.
Ni una sílaba.
Ni una mano.
Ni un gesto.
Sólo el eco,
sólo la pared,
sólo este nombre inmenso y hueco
colgado encima de la miseria humana
como una lámpara apagada.
Hay en mí, una raíz podrida alimentándose de rencor.
La siento crecer.
La siento enredarse en mis costillas,
subirme por la garganta,
ensuciarme la voz.
A veces quisiera incendiarlo todo:
las palabras,
las doctrinas,
las consuelas fáciles,
la tibieza criminal con que el mundo
llama voluntad a lo intolerable.
Las noticias me estrujan el alma
como si alguien la retorciera con manos de alambre.
Cada niño que cae
desmiente una parte de la creación.
Cada madre quebrada
es una blasfemia contra cualquier idea de orden.
Y uno sigue aquí,
masticando sombras,
tratando de no volverse piedra,
tratando de no aprender la indiferencia.
Quiero huir,
pero el dolor tiene mi nombre.
Quiero gritar,
pero hay gritos que nacen ya mutilados.
Quiero blasfemar,
romperme la boca contra el muro del idioma,
porque hay pérdidas que no aceptan ser dichas con cortesía,
ni puestas en fila,
ni convertidas en lección espiritual para nadie.
Hay horas en que me siento menos que humano:
un resto, una escoria
un envase doblado por la desgracia,
una criatura mínima bajo la bota de lo inevitable.
Si me ven así,
no me corrijan.
No me sermoneen.
No me salven con frases limpias.
Escúchenme crujir.
Tal vez esto pase.
Tal vez no pase nunca y sólo aprenda a cambiar de máscara.
Hay dolores que no terminan:
se vuelven muebles,
costumbre,
un cuchillo manso sobre la mesa del alma.
Veo mi sombra desprenderse de mí
como un perro flaco que también quisiera abandonarme.
Y sin embargo escribo.
Escribo porque no sé cavar con las manos.
Escribo porque la poesía es a veces
la última manera decente de tocar un cadáver sin profanarlo.
Escribo para no darle toda la victoria al silencio,
para que quede al menos este testimonio de sangre verbal,
esta constancia de que algo en mí
se negó a aceptar la noche sin denunciarla.
No sé dónde está ese niño ahora.
No sé si existe un lugar
donde la carne deje de doler y la memoria descanse.
Quiero creer que sí,
pero hoy la esperanza tiene la cara vendada.
Así que sólo dejo aquí mi rabia,
mi duelo,
mi puñado de ceniza,
frente a un universo que sigue girando
como si no acabara... ¡De cometer una infamia!
Este poema nació de un dolor que no era mío y que, sin embargo, me atravesó como si lo fuera.
Lo escribí desde la impotencia, desde la rabia y desde esa tristeza que a veces no encuentra dónde quedarse.
Hay pérdidas ajenas que entran en uno de un modo inexplicable
y ya no se van del todo.
Tal vez estas palabras sean sólo mi forma de acompañar una ausencia
y de no dejarla sola en el silencio.
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E D C E L I N 17 de Mayo de 2026
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invitado-Azaroth 17 de Mayo de 2026
Muy buena poesia poeta Leonardo escribes con pasion mostrando siempre tu gran fluidez en cada verso. |
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Gabriiella Monttero 17 de Mayo de 2026
abriendo el canal en el calendario del tiempo alli en la mesa del alma donde la sombra se puede ensanchar cuando la ausencia acompaña los reflejos que intentan desestabilizar los setidos. muy buena poesia excelente reflexion. Muy bien Leonardo. Siempre poeta de gran universo donde gira cada verso paracagrabdar tu escritura. |
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Donde se vence el tiempo en los campos de los sueños. El dolor nos gace huir blasfemar nos hace gritar entre el desconsuelo donde agoniza un sentimiento. Donde una raiz se alimenta de rencores. Muy buenos versos masticando sombras para no volverse piedras. Que tengas un excelente domingo amigo. Tan solo el eco de un nombre inmenso y hueco. Muy bien.