Hay lugares que guardan
la respiración del tiempo,
como si el aire supiera que
allí se vivió algún sueño.
La tarde llega despacio
sobre la huerta dormida,
y entre los árboles queda
una voz que no termina.
No sé si la casa recuerda
los pasos de aquel poeta,
o si es la luz de Granada
la que todavía lo sueña.
Aquí la muerte no acaba,
aquí la muerte se queda
mirando crecer la vida
entre los surcos de tierra.
Quizá Lorca comprendiera
antes que nadie el misterio:
que la palabra no muere
cuando la pronuncia el tiempo.
Por eso sigue su nombre
flotando sobre la huerta,
como una sombra de luz
que ni la noche se lleva.
Y quizá todos los muertos
esperan en algún sitio,
que alguien vuelva a renombrarlos
y deje su nombre escrito.
Tal vez quede la palabra,
quizá quede la memoria,
quizá un árbol siga hablando
cuando ya nadie los nombra.
Y entonces comprendo ahora,
mirando la tarde abierta
que no fue Lorca quien vive
en San Vicente de la huerta.
Es la huerta quien conserva
algo de aquel hombre dentro,
porque hay vidas que, al marcharse
se convierten en recuerdo.
Y hay recuerdos que se vuelven
una forma de presencia.
Por eso cuando me vaya,
si alguna palabra queda,
no será mía ni del tiempo:
será de quien la recuerda.
Y la huerta seguirá viva,
bajo la luz de Granada,
guardando entre sus raíces
la voz que nunca se acaba.