Me dijiste: —Ven a verme. Nos separaban setecientos kilómetros y siete horas de camino.
Y yo respondí: —Déjame organizar el viaje, buscar un hotel donde quedarme.
Sonreíste con esa dulzura que solo pertenece a quien ama de verdad.
—No hace falta. Ven a dormir conmigo.
Con prudencia respondí: —Vamos muy deprisa.
Entonces, mirándome a los ojos, susurraste:—No soy tu reina... Sí, y te quiero mucho.
Pero tu reina quiere dormir con su rey y que la acurruque.
Aquellas palabras derribaron todas mis dudas.
Cuando llegué a tu casa me recibiste con un abrazo interminable y un beso
que parecía haber esperado toda una vida.
Tus ojos verdes brillaban más que el sol del amanecer.
Tu sonrisa era pura felicidad.
El viento jugaba con tus cabellos rubios y rizados,
y por un instante parecías una musa descendida del Olimpo.
Aquella noche te abracé con toda la ternura que había guardado durante tanto tiempo.
Apoyaste tu cabeza sobre mi hombro y, casi al instante, te quedaste dormida.
En tu rostro habitaba una paz tan hermosa que el mundo entero parecía detenerse para contemplarla.
Poco después, el sueño también me abrazó.
Al amanecer sentí unos labios rozando los míos Un beso.
Un beso con sabor a café.
Abrí los ojos. Allí estabas, sentada sobre la cama, con aquel pijama de pequeños corazoncitos rojos, que tantas veces había admirado al otro lado de una pantalla.
Pero aquella mañana ya no existían las videollamadas, ni la distancia, ni los kilómetros.
Solo existíamos tú y yo.
Tus ojos verdes brillaban como si el sol hubiera decidido nacer en ellos.
Y tu sonrisa iluminaba toda la habitación.
Con una sonrisa traviesa me preguntaste:
—Cariño, ¿te gusta mi forma de despertarte?
¿Un beso con sabor a café?
No respondí.
Mi mirada y mi sonrisa hablaron por mí.
En aquel instante comprendí que el paraíso no era un lugar, sino despertar cada mañana a tu lado.
Entonces tomaste mi mano con infinita ternura y dijiste:
—El café ya está preparado... Ven a tomártelo conmigo.
Sonreí.
Porque comprendí que no era el café lo que alimentaba mis mañanas,
sino el milagro de despertar entre tus brazos,
con el aroma de tu amor y el recuerdo eterno de aquel beso
con sabor a café.