En Santiago Tepetitlán, pueblo del municipio de San Martín de las Pirámides, donde las antiguas estructuras de piedra de la gran ciudad prehispánica presenciaban cada paso de la vida cotidiana, vivía el tío Luciano junto a la tía Manuela. Eran gente de tierra y trabajo duro, que cuidaban sus animales como si fueran parte de la familia – entre ellos, un burro blanco de pelaje suave y otro negro de mirada firme, que llevaban costales de frijol recién cosechado desde sus parcelas en el campo. Un día soleado, Valerio Alejandro llegó con su esposa Perfecta, su mamá Guadalupe y los pequeños Erick y Oscar, que corrían por el camino de tierra emocionados con cada piedra, cada maguey y cada animal que veían en las calles de su pueblo natal. – Tío Luciano, ¿nos das chance de montar un burro? – preguntó Valerio, mientras los niños miraban con ojos brillantes a los dos ejemplares que descansaban en el corral junto a la casa de adobe. El tío Luciano sonrió, acariciando la cabeza del burro blanco: – Claro que sí, mijito. Pero cuidado, eh? Acaban de llegar del campo y están un poco bravos. Uno solo, nomás uno. Perfecta, curiosa y emocionada, se subió con cuidado al burro blanco. Los niños saltaban de alegría, mientras Guadalupe tomaba las manos de los pequeños para que se acercaran sin asustar al animal, explicándoles cómo los burros han sido parte importante de la vida en Santiago Tepetitlán desde hace generaciones. – Está bonito, ¿no? ¡Qué chulada! – dijo Perfecta, mientras el burro daba unos pasos lentos y tranquilos por el camino que llevaba hacia las tierras de cultivo. Pero de pronto, el burro negro levantó la cabeza, olió el aire y se acercó al blanco. En un instante, empezaron a mordisquearse suavemente, como jugando, pero enseguida la cosa se puso seria: se pararon de dos patas, patalearon y dieron casquillazos que hicieron saltar a todos. Valerio no dudó ni un segundo: saltó hacia adelante, agarró a Perfecta por la cintura y la bajó de un jalón antes de que los burros se enzarzaran del todo. Los niños se agarraron a la falda de Guadalupe, mientras el tío Luciano y la tía Manuela corrían para separarlos con calma, hablándoles con la voz suave que siempre usaban con sus animales. Al final, los burros se calmaron, se fueron a comer un poco de heno en el corral, y todos se sentaron a descansar bajo la sombra de un gran árbol de nopal que había en el patio, riendo del susto que se habían llevado mientras la tía Manuela les ofrecía un vaso de agua fresca. Años después, cuando los niños ya no eran tan pequeños, Valerio les contaba la historia mientras caminaban por las calles de Santiago Tepetitlán: – ...y ahí fue cuando aprendimos que los burros son muy fieles, pero hay que respetar su manera de ser. Y aunque ya no esté el tío Luciano con nosotros, cada vez que venimos aquí o vemos un burro, recordamos ese día en nuestro pueblo. Erick sonrió: – Yo recuerdo que el burro blanco se movía como un caballo grande, y que se veían las pirámides al fondo! Y Oscar añadió: – ¡Y que papá fue muy rápido para salvar a mamá! Perfecta tomó la mano de Valerio, mirando hacia el lugar donde antes había estado la casa del tío Luciano: – Sí, fue un susto, pero también un recuerdo bonito de cuando conocí la tierra donde creciste, en Santiago Tepetitlán. Y en el horizonte, las pirámides seguían ahí, quietas como siempre, guardando la historia de esa familia que un día se atrevió a montar un burro en el corazón del municipio de San Martín de las Pirámides. 😊
Los burros son muy fieles. pero hay que respetar su manera de ser. Muy bien excelente Valerio. Bien dia