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Hay días en que creo escucharla entre varias,
que por un instante quiere parecerse,
y mi corazón se detiene antes de que la razón
pueda explicarme que no es la tuya.
Entonces miro, buscando ese gesto conocido,
esa manera tuya de sonreír que comenzaba
casi en silencio y terminaba llenándolo todo.
Pero no. La voz continúa, la persona que la carga
sigue su camino y yo me quedo allí,
escuchando solo el eco de lo que alguna vez fue.
Porque tu sonrisa tenía un tono único.
No era solamente candor y alegría.
Era esa forma tan tuya de hacerme sentir
sin decir una palabra, de acercarte a mí
sin necesidad de tocarme.
Yo podía reconocerla entre muchas otras.
Podía encontrarla, aunque no estuviera mirándote.
Y quizás por eso ahora la busco tanto.
La busco en las calles, en las mesas de un café,
en las voces que llegan desde lejos,
en alguien que ríe despreocupadamente
sin saber que, por un segundo,
me ha devuelto tu recuerdo.
A veces quisiera detener ese instante.
Cerrar los ojos. Quedarme allí,
en esa equivocación de la memoria,
creyendo que eres tú hasta que el silencio
me obligue a regresar.
Porque ya no escucho tu sonrisa.
Y hay algo tan profundamente triste en descubrir
que una cosa tan risueña y tan pequeña
puede convertirse en una ausencia tan grande.
Tu sonrisa fue una de esas cosas
que nunca pensé que tendría que recordar.
Estaba acostumbrado a tenerla cerca.
A saber que podía aparecer en cualquier momento
y cambiarme el día.
Tú sabías hacerme sonreír sin proponértelo.
A veces bastaba tu mirada, una palabra,
un gesto cualquiera, esa manera tuya de reír
cuando algo te sorprendía.
Y yo sonreía contigo. Como si tu alegría
también tuviera un lugar dentro de mí.
Ahora la vida continúa hablando con otras voces,
con otras risas, con otras sonrisas.
Pero ninguna consigue quedarse.
Ninguna tiene ese tono que todavía reconozco
en lo más profundo.
He aprendido a escuchar sin encontrar.
A mirar sin reconocerte.
A sonreír algunas veces mientras por dentro
recuerdo cómo lo hacías tú.
Y hay noches, sobre todo aquellas noches
en que el silencio parece conocer mi historia,
en las que cierro los ojos y trato de reconstruirte
a pedacitos solo con la memoria.
Noches donde no necesito tu rostro completo.
Noches donde me basta solo aquella sonrisa.
Esa pequeña curva de felicidad que alguna vez
fue capaz de iluminarme por dentro.
Entonces comprendo que algunas personas
no se quedan solamente en los recuerdos.
Se quedan en la forma en que uno vuelve a mirar el mundo.
Y desde que no escucho la tuya, he buscado sin querer
una parte de ti en todas las sonrisas que encuentro.
Pero en ninguna te encuentro.
Porque aquella sonrisa no era solamente tuya.
También era un poco mía.
Era la que aparecía en mi rostro
cuando tú aparecías en el tuyo.
Y quizá ese sea el dolor más silencioso:
que todavía sé exactamente
cómo me hacía sentir escucharte...
pero ya no sé dónde encontrar ese sonido.
Así que sigo escuchando, entre voces desconocidas,
entre risas que pasan, entre tardes que se van apagando.
Sigo escuchando, por si alguna vez la memoria
decide devolverme aquello que el tiempo se llevó.
Y mientras tanto, guardo tu sonrisa en ese lugar secreto
donde todavía puede hacerme feliz...aunque después
tenga que volver a dolerme cuando el silencio me recuerde
que ya no la escucho…
Porque algunas personas dejan recuerdos y otras dejan ausencias.
Tú dejaste las dos cosas. Y entre todas las cosas que extraño,
hay una que todavía me duele de una manera distinta:
no volver a escuchar esa sonrisa que me hacía sentir
que la vida podía ser un poco más amable.
Por eso sigo buscándola, sin querer, sin esperarla.
Como quien camina por una calle conocida
sabiendo que aquella puerta ya no se abrirá,
pero aun así mira hacia ella cada vez que pasa.
Y quizá algún día deje de buscarla. O quizá no.
Porque hay sonidos que el tiempo no consigue borrar.
Y el tuyo sigue viviendo en mí como una sonrisa
que ya no escucho, pero que todavía me hace sonreír.
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