En el café de la esquina,
junto al vidrio empañado por la lluvia,
una pareja habla, pero no escucho sus palabras.
Solo puedo escribir sobre lo que el cenicero traduce
Y vuelca sobre la mesa…
Al principio, dos cigarrillos arden parejos,
largas columnas de ceniza
que nadie se apresura a derrumbar.
El humo se eleva buscando un mismo cielo.
Ella fuma despacio. Él lo consume apurado.
En su fondo empiezan a amontonarse
las colillas nerviosas, torcidas, mordidas en el filtro.
Hay preguntas, que se queman más rápido que el tabaco.
Ella deja su cigarrillo a la mita.
Lo aplasta con suavidad, como quien no quiere herir
ni siquiera a una brasa.
Él enciende otro con el cadáver todavía tibio del anterior.
El cenicero conserva los restos ordenados de una batalla
que intenta parecer conversación.
Ninguno busca fuego para encender otro silencio.
Las cenizas se enfrían.
Ella toma el último cigarrillo y lo fuma entero.
Despacio. Lentamente mientras mira hacia la calle.
Él con la mirada baja deja que el suyo
quede olvidado entre los dedos,
hasta que la brasa alcance el filtro
y lo obligue a volver a la realidad.
Ella de golpe cambia su mirar y sonríe.
Una sonrisa pequeña, de esas que ya no regresan.
Apaga la colilla. Se pone de pie.
Y al marcharse, deja en el cenicero el final de una historia:
un cigarrillo terminado hasta el último milímetro
y otro apagado a mitad de camino.
El amor es como esta historia de dos cigarrillos…
Lo enciendes con esperanza y pasión
Lo disfrutas mientras lo saboreas en la boca,
mientras dura en tus manos,
pero cuando termina su llama y candor.
lo apagas con resignación….