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Ese aire que se respira a la orilla del mar
no es solo aire:
es memoria suspendida,
sal viva rozando la piel del tiempo.
Casi sólido, azota el rostro del niño
que corre sin saber su nombre.
Para él, el mar es juego infinito:
un animal azul que ruge y ríe,
una promesa que no exige respuestas.
Cuando niño, el mar no era vasto:
era cercano, era suficiente.
No lo pensaba como afuera,
ni me pensaba a mí como separado.
Jugábamos en el mismo gesto:
yo avanzaba, él se retiraba.
A veces creía
que si permanecía quieto
el mundo también lo haría.
Ponía el oído en la arena
y esperaba.
No buscaba respuestas,
porque todavía no sabía
que las preguntas existían.
Un cuerpo inmenso que se dejaba tocar
sin pedir explicaciones.
No había distancia entre mi mirada y su horizonte,
porque aún no sabía que las cosas podían perderse.
Las olas son gigantes benevolentes
y el miedo, apenas... ¡Un sabor nuevo en la lengua!
No se escribe “para producir texto”, sino para volver a tocar algo verdadero. Y ese tipo de escritura no se pierde del todo: se silencia, se esconde, espera. Al final, ese es el mejor destino de un texto: devolvernos a nosotros mismos, no alejarnos de nuestra voz.
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invitado-EDCELIN 12 de Febrero de 2026
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no había distancia entre mi mirada y su horizonte. las olas son gigantes benevolentes. ese aire que se respira a la orilla del mar. no es solo aire. es memoria suspendida. el aire del mar comienza su viaje entre un enjambre de buenos versos para convertirse en u a hermosa poesia. muy bien leonardo.