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En la adolescencia, el mar se volvió desafío.
Ya no bastaba mirarlo.
Quise entender su furia,
poner el cuerpo frente a su empuje,
probar si yo también sabía romper.
Creí que comprender era dominar,
que enfrentarse a la ola
era una forma de afirmarse.
Confundí el ruido con la fuerza
y la tempestad con la verdad.
No sabía que el mar
no enseña cuando ruge,
sino cuando permanece.
Creí que la tempestad era fuerza
y no advertí que la calma
también exigía coraje.
Más tarde, comprendí
—sin que nadie lo dijera—
que el mar no cambia:
quien cambia es la mirada,
el mar cambia de voz.
Ya no llama: provoca.
Es horizonte que quema los ojos,
masa salada donde se prueban fuerzas,
tempestad deseada para medirse vivo.
El oleaje golpea el pecho joven
con furia y ternura confundidas,
y cada espuma trae
el vértigo de lo posible.
Luego llega la madurez
y el mar se vuelve espejo.
ya no busqué vencerlo,
sino leerlo.
Aprendí a agradecer los días quietos
y a resistir los otros
sin creer que eran castigo.
Ahora, cuando el tiempo pesa distinto,
el mar se ofrece como un pensamiento antiguo.
No me llama. No me reta.
Permanece.
Y en esa permanencia entiendo
que todo lo que fui
sigue ahí,
como capas de agua moviéndose al mismo ritmo.
El aire del mar ya no hiere el rostro.
Apenas roza, acaricia.
Trae consigo
ese regusto lejano, antiguo
de lo que fui cuando el mundo
todavía se abría en promesas
y yo no sabía nombrarlas.
Y entonces lo sé:
no era el mar lo que buscaba,
sino un lugar donde mi vida
pudiera reflejarse
sin explicaciones.
En su vaivén el hombre se reconoce:
trabajo paciente, cansancio profundo,
calmas que se agradecen
y tormentas que se resisten de pie.
Comprende entonces
que el mar nunca fue suyo,
que él siempre fue un visitante
aprendiendo a leer señales en el viento.
Trae regusto de costas lejanas
y recuerdos navegando en los vientos del ayer.
¡Oh juventud dorada, burbujeante, febril!
¡Cuando el mundo era joven
y se abría en promesas sin nombre!
Si en algún momento sentimos que la conexión se atenúa, recordemos esto:
No se pierde la mirada profunda, solo cambia el silencio desde el que se escribe. A veces basta releer, otras bastas mirar el mar —real o interior— sin exigirle nada. El mérito es siempre del autor que se atreve a mirar hacia dentro.
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invitado-EDCELIN 12 de Febrero de 2026
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Creí que comprender era dominar. Con recuerdos navegando en los tiempos del ayer. En una triada de poesias el mar nos muestra su grandeza. Entre calmas y tormentas el viento junto al tiempo cumplen su labor. Muy bien amigo