El amor se vive solo una vez en la vida, y es donde hay una entrega total. No es con la primera novia ni con el primer beso. Es con la compañera con quien se vive por primera vez y se procrean hijos. Es este bien común el que da solidez y sentido al desarrollo social de la vida. Da verdadero sentido al futuro, identidad social y motivos para vivir en un mundo desconocido.
El compromiso de pareja todos lo podemos tener aun sin hijos. Pero habiendo hijos de por medio, hay un mundo nuevo por descubrir y explorar. Es como tener otra vida, otro disfraz en este juego tan inmenso de los personajes.
Hay dos líneas que cambian el rumbo de los seres humanos y los convierten en personas: su papel en la economía y en la vida institucional. ¿Qué persona es? —se podría decir—: tiene dos hijos. ¡Ah! Entonces tiene un proyecto de vida, una casa donde llegar y una economía de familia en desarrollo.
Si son personas del mismo sexo, puede haber compromiso de desarrollo económico y cultural común. Si son hombre y mujer, puede haber procreación; en este caso, la continuidad social será la que fortalezca el vínculo, fomentando día con día el amor.
En parejas de dos hombres, los hijos no son tan necesarios pues ya se sostienen mutuamente; sus metas suelen ser construir y avanzar juntos. Por su carácter, ambos pueden tender a dirigir, por lo que deben aprender a acordar y respetar quién guía en cada momento.
En parejas de dos mujeres, la relación suele ser de una amistad profunda y comprensiva, donde se cuidan y se acompañan con gran ternura.
Lo lógico y sano será que en pareja encuentren un rumbo de desarrollo para ambos, donde ambas partes se realicen tanto en lo económico como en lo social, sin impedir el crecimiento individual del otro. Entendiendo que cada quien trae una procedencia étnica, social y cultural distinta, que merece respeto.
Continuamos luego.
Valerio...
Escritor, Humanidades UNAM...
Continuamos...