Estaba un niño en el cosmos, caminando entre las estrellas, entre el Universo, sin un destino fijo y sin un objetivo determinado. En una ocasión vio a una señora, una bella dama de apariencia pasible, con un manto que le cubría la cabeza y el cuerpo, sentada en lo que fuera una banca de plasma cósmica, viendo hacia abajo una bola azul, lo que aparentaba ser un planeta. Al parecer le parecía muy hermoso, pues la señora no dejaba de mirarlo con ternura y admiración. El niño, al ver la actitud de la señora, se acerca y se sienta al lado de ella, recargando sus pequeños brazos en la banca. Se recorre más hacia donde estaba la señora y se le acerca un poco más, voltea, la ve fijamente y ve que estaba con ternura, admirando como si fuera su ser mismo la bola azul que se encontraba a sus pies. Así el niño sin hablar ninguna palabra comienza a observar tranquilamente, apacible, con el ceño fruncido, como esperando a ver a qué horas iba a suceder algo en el tiempo cósmico, quizás sea un parpadeo, lo que para nosotros fue una eternidad. El niño continúa al lado de la señora, esperando y aprendiendo a guardar. El tiempo allí no era como en la bola azul - un suspiro podía durar siglos, un parpadeo, eras de civilizaciones. De repente, la señora volvió la cabeza hacia él, y bajo el manto de estrellas brillaban ojos del color del espacio profundo. No dijo nada, pero extendió una mano cubierta por un guante tejido de polvo estelar. El niño la tomó sin dudar - sentía como si estuviera tocando la propia esencia del universo, cálida y misteriosa a la vez. "¿Eres ella?" preguntó por fin el niño en un susurro que resonaba como eco entre las galaxias. La señora sonrió, y en su sonrisa se reflejaron soles nacientes y muertos: "No soy ella, soy parte de lo que ella es. Esa bola azul que miramos es un corazón que late al ritmo de sus hijos. Cada ser que en ella habita lleva un pedacito de este mismo cosmos dentro suyo..." El niño volvió la mirada hacia la Tierra. Ahora veía más que una simple bola azul: veía destellos de luz saliendo de ella, como pequeños fuegos que se conectaban entre sí y con las estrellas que los rodeaban. "¿Y qué esperamos?" preguntó el niño. "Esperamos que aprendan a ver " responde la señora
Sentía como si estuviera tocando la propia esencia del universo. Saludos VALERIO. Excelente trabajo muy bien