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Categoría: Infantiles

EL VALOR DE UNA PEQUEÑA SEMILLA

Cierta vez, un hombre estaba yendo por el camino radiante de dicha ya que su campo había dado su primera cosecha. El grano era bueno y seguro le pagarían un buen precio en el pueblo. Iba soñando despierto. Pagaría el jornal a sus obreros. Compraría mejor ropa para su esposa y pequeños. Arreglaría la choza. Tan distraído iba con sus pensamientos, que en un momento tropezó con una piedra y ¡Oh! La talega que llevaba encima de la mula, se rompió y pudo ver con angustia como todo el grano, producto de sus sueños, se empezó a derramar por el camino y a los costados del camino por donde pasaba una pequeña acequia. El campesino se puso a llorar desesperadamente. El fruto soñado, la esperanza de sus fantasías y de su familia, se le escapaba en un instante. Estaba muy triste y sin saber que hacer. Pero de pronto, sucedió un milagro: Las lágrimas que derramaba, habían hecho germinar las semillas. Hermosos y verdes tallitos luchaban por romper la tierra y salir al aire. Poco a poco fueron creciendo. El labrador miraba con asombro lo que estaba pasando. Las plantitas de frijoles crecían y se elevaban orgullosas hacia el cielo como queriendo dar gracias al Padre celestial por permitirles dar su fruto. El Labrador, ahora gozoso, comenzó a arrancar delicadamente las vainas frescas, verdes y hermosas. Llenó uno, dos, tres, ya no había costales que llenar. Pensó en un momento ir a traer más, pero. ¡No! Si esto había venido de Dios dejaría que otros también se beneficiaran del fruto. Se arrodilló y dio gracias al Dios de los cielos y feliz siguió su camino pensando en que el fruto se había triplicado y que otros también disfrutarían de él. ¿Estás dando tu fruto? “Los que sembraron con lágrimas, con regocijo segarán. Irá andando y llorando el que lleva la preciosa semilla; mas volverá a venir con regocijo, trayendo sus gavillas” Salmo 125: 5,6 “Que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación” Romanos 10: 9,10 “Señor Jesús, en este momento reconozco ante tí mi condición pecaminosa, te pido perdón por todos mis pecados cometidos, Yo creo que tú has muerto en la cruz por mí. En este momento te abro mi corazón para que entres y te quedes para siempre y me des la vida eterna. Gracias Señor Jesús por entrar en mi corazón. Amén.
Datos del Poema
  • Código: 354653
  • Fecha: 20 de Enero de 2012
  • Categoría: Infantiles
  • Media: 6.11
  • Votos: 73
  • Envios: 1
  • Lecturas: 3,245
  • Valoración:
Datos del Autor
Nombre: maser
País: PeruSexo: Masculino
Fecha de alta: 23 de Abril de 2005
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