Mi corazón amaneció teñido del color de la ausencia.
En la desapacible levedad de mi alma herida y confusa,
acunado por las dudas que consumen mi paciencia,
escudriño en el rostro de la soledad la luz que me guíe.
En la desidia de mis palabras muere mi corazón caído.
Ni el llanto de mis versos desnuda el dolor de su pérdida,
lágrimas llueven sobre un mar mecido por la melancolía,
y camino engañado por los espejismos de mis recuerdos.
Alcé mi mirada cansada y sollozante, perdida y vagabunda,
en la oscuridad de mis pesares musite palabras de aliento,
me aferré desaforadamente a mis sueños anhelados,
y en el ocaso de una mirada hallé un halo de esperanza.