En el jardín verbal de nuestra prosa,
la hache, consonante de siempre muda,
es para el extranjero eterna duda,
que nació sin su voz, menesterosa.
Yace en el seno de la frase hermosa,
tan solemne y discreta, que no escuda
su elegante grafía, que desnuda
su silencio en la lengua más grandiosa.
Bien que el habla en boca nunca la canta
es regla de hidalguía siempre usarla,
por más que su recuerdo la desmienta.
Si tu pluma al escribir la quebranta,
el error cometido al ignorarla
como un borrón perpetuo se presenta.
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