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El tiempo no camina:
se filtra.
No avanza como flecha,
sino como humedad
ganando la pared sin pedir permiso.
Y yo, que me creía dueño de mis horas,
descubro que apenas soy su huésped;
un inquilino breve
en una casa que no construí
y que, sin embargo, llamo “vida”.
Cuando miro mis manos,
ya no son solamente manos:
son calendarios en relieve,
surcos donde el día se escribe
y se borra a la vez.
Hay una pregunta que no se posa:
muerde.
¿Qué soy cuando nadie me nombra?
¿Qué queda de mí
cuando se apagan los espejos
y el mundo deja de responder?
En ese borde,
donde el lenguaje se quiebra,
empiezo el coloquio
con el Ser y el estar.
El Ser me habla con voz de piedra:
“permanezco”.
El estar me responde con voz de humo:
“paso”.
Yo escucho y me reconozco dividido,
como si me hubieran sembrado
dos semillas en el pecho:
una quiere raíz;
la otra, intemperie.
La memoria, esa lámpara caprichosa,
ilumina solo lo que le conviene.
De mi origen guardo neblinas:
no son recuerdos,
son habitaciones cerradas.
A veces creo que el olvido no es una falla,
sino un guardián;
una arcada del alma
que se contrae
para no tragar aquello que la desgarraría.
Y aun así, por entre las rendijas,
se cuelan destellos:
una voz antigua,
el olor de una tarde,
la sombra de una risa.
Fragmentos que no explican nada
y, sin embargo, me sostienen
como maderos dispersos
en un mar sin orilla.
Los sentidos, que antes eran puerta franca,
empiezan a volverse pasillo estrecho.
La vista negocia con la penumbra;
el oído aprende a adivinar;
la piel se vuelve mapa de estaciones;
el gusto se resigna;
el olfato, de pronto,
es un animal cansado.
No es tragedia:
es el modo en que la carne
me recuerda su contrato.
El final no llega de golpe:
se va instalando como un declive,
una pendiente pulida por el uso,
donde cada paso parece igual al anterior
hasta que, un día,
el suelo revela su resbaladura.
Y mientras tanto el mundo insiste
en sus parejas inevitables:
día y noche,
nacimiento y pérdida,
ternura y crueldad,
fe y derrumbe.
El bien y el mal no se persiguen:
se dan la mano,
se turnan la máscara,
se necesitan para reconocerse.
Lo incomprensible no es esa danza,
sino nuestra costumbre de negarla,
de fingir que somos permanentes,
de distraernos
para no escuchar el reloj interior.
Tal vez por eso me rodea
un círculo de silencio:
no es castigo,
es espejo.
Mi voluntad—terca, casi infantil—
aún se inclina a preguntar.
Preguntar como quien tantea la pared
en un corredor oscuro,
no para dominarlo,
sino para no perderse.
Si la respuesta existe,
quizá no se parezca a una frase;
quizá sea un modo de estar:
una aceptación sin rendición,
una lucidez sin soberbia.
Y si después del último hálito
no hay más que quietud,
que al menos me encuentre
con la dignidad de haber conversado
con mi propia finitud.
Haber dicho, sin testigos,
esta verdad pequeña:
estoy aquí,
y eso basta... ¡Para que el Ser
me roce un instante!
Nota: Esta es la imagen del tiempo como filtración: una erosión íntima que no anuncia su llegada, pero deja huella en la piel y en la memoria.
Aquí ya no se sostiene el vértigo de elegir: El sentido no es herencia sino acto, y el “soy” intenta fijar lo que el “estoy” deshace. Una fracción de segundo me separa del punto de inicio y del punto final. He terminado mi labor con este adiós definitivo. QUEDAN MIS ESCRITOS EN BUENAS MANOS. GRACIAS.
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Gabriiella Monttero 24 de Agosto de 2026
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invitado-Ivan diego 24 de Agosto de 2026
Finitud. Una exquisita poesia para meditar con cada verso y sacar conclusiones muy bien poeta |
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E D C E L I N 23 de Agosto de 2026
El tiempo inexorable vagabundo que va descontando cada sorbo de aire hasta agotar nuestra maxima racion. Para nostrarnos que somos breves inquilinos.Mis manos son calendarios en relieve. El final se va instalando como una pendiente.pulida por el uso. Muy buena poedia Leonardo. Versos escritos con la abundancia del conocimiento literario. Excelente poesia amigo. |
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Donde el lenguaje se quiebra en el borde y final de una estación entre un circulo de silencio. Felicidades Leonardo siempre nos sorprendes con cada tema muy bien escrito y trabajado en la amplitud de tu inspiracion