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Categoría: Miedo
Iba a cometer la peor estupidez de su vida, pero esa chica lo tenÃa loco hacÃa algún tiempo; estaba seguro que habÃa querido provocarlo; todas las noches, casi a la misma hora, corrÃa las cortinas y comenzaba su ritual de desnudo. Se quitaba la ropa de forma lenta, provocativa, algunas veces se masturbaba un poco, luego pasaba a la ducha, podÃa ver a través de la puerta corrediza transparente su silueta desnuda que se enjabonaba lentamente todo el cuerpo, haciendo movimientos eróticos; el apagaba las luces cuando sabÃa que ella entraba, para poder observarla sin ser visto, al menos eso pensaba él. Pegado a la venta sentÃa correr las gotas de sudor sobre su cara, su miembro se endurecÃa, seguÃa el juego de la mujer, acariciándose los senos, los muslos, más al centro... al final no soportaba tanto ardor y se desahogaba frotándose desesperado.
Asà comenzó a idear un plan para poder poseerla, serÃa de él; vivÃa en el edificio de enfrente, un piso más arriba; la mujer era enfermera, lo sabÃa porque la veÃa llegar con su maletÃn y el guardapolvo blanco entre sus manos; trabajaba en el turno de la mañana en el Hospital Central hasta las siete y algo de la noche; vivÃa sola, estaba separada, el marido era un cabrón que la habÃa dejado por una mosquita muerta. No entendÃa como habÃa podido dejar semejante lindura de chica; aunque pasaba los treinta años, volvÃa loco a cualquier hombre, de tez trigueña, cuerpo escultural. A veces trataba de encontrarle algún defecto pero la veÃa cada vez más apetecible.
No podÃa controlarse cuando llegaba la hora de verla a través de su ventana, casi no querÃa salir, dejaba de lado cualquier compromiso, para estar a su lado desde la oscuridad, y aunque podÃa buscar cualquier mujer en la calle, para poder quitarse esas ganas insaciables para desahogar su apetito voraz y animal, no lograba que ninguna le atrayera; esa chica se habÃa convertido en su obsesión, y no podrÃa vencerla hasta tenerla con él. TenÃa que urdir un plan antes de volverse loco, -serás mÃa, toda mÃa...- lo repetÃa en su mente hasta el cansancio.
Ya sabÃa la hora que salÃa y llegaba, su coartada serÃa que nadie lo viera llegar al edificio de enfrente ni salir del suyo; no tenÃa ningún vÃnculo con su vecina, ni siquiera se habÃan visto por la calle, los datos que sabÃa era porque alguna vez la siguió hasta el hospital y habÃa averiguado sobre su vida muy discretamente. Se llamaba Erika, Erika que lo trastornaba de solo imaginarla, de solo soñarla metida en la ducha, pasandose el jabón por su piel exquisita, por su vagina, por sus nalgas duras, por sus senos perfectos, redondos, que los devoraba con su mente, - Erika...Erika...Erika... –
Mañana serÃa el dÃa, en su cabeza comenzó a urdir el plan para llevar a cabo lo que tantas noches lo tenÃa desvelado, serÃa de él y cuando lo conociera a ella también le gustarÃa. Seguro que sÃ. Estaban hechos el uno para el otro.
Como a las 9 se levantó. Ese dÃa no irÃa a trabajar, llamó a la compañÃa para dar parte de enfermo. En su edificio habÃan dos vigilantes, uno llegaba a las siete de la mañana y se iba a las cuatro de la tarde, el otro llegaba a las cuatro y cuarto y se quedaba toda la noche hasta el otro dÃa en que volvÃan a cambiar el turno. DebÃa aprovechar una milésima de segundo para que no lo vieran salir; deberÃa salir de allà a las cuatro y diez y escabullirse inmediatamente. Todo este plan lo tenÃa algo nervioso pero al mismo tiempo lo excitaba locamente imaginar el momento en que estarÃa con ella. Luego de salir del edificio debÃa encontrar la manera de entrar al apartamento de Erika antes de que ésta llegase y la allà la esperarÃa... "-Nena linda...como te deseo...-"
Las cuatro dieron en su reloj pulsera. Bajó sigilosamente por las escaleras, llevaba lentes oscuros, vio desde lejos al vigilante que estaba preparando sus cosas para irse, cuatro y diez comenzaba a dirigirse a la salida, cuatro y cuarto... el vigilante se fue hacia la puerta... él sin que el otro lo notara se abalanzó hacia la vereda y cruzó hacia el otro edificio ... nadie lo habÃa visto... Respiró fuertemente, la primera parte se habÃa realizado, se dirigió al edificio de Erika. Eran las cuatro y media, aún faltaba para verla, para tocarla, para hacer delicias juntos.
Todo iba perfecto, demasiado perfecto dirÃa él, ya eran las cinco y dos minutos, la mujer llegarÃa como pasadas las siete, se dirigió a la puerta de entrada, justo cuando salÃa una vieja llevando con la correa a un chihuahua, el perrito quiso olfatearlo, eso lo puso nervioso...odiaba los perros... Disimuladamente dejó salir a la vieja y pasó, no hubiera querido ningún testigo, pero no habÃa problema. Ya habÃa averiguado cual era el apartamento de Erika, sin levantar sospechas, eran las cinco y media, quedaba como dos horas; subió por las escaleras para no encontrar a alguien en el ascensor, en el corredor del sexto piso no habÃa nadie, solo se oÃan las voces de los otros apartamentos, niños que lloraban, el ruido fuerte de alguna televisión; caminó despacito hasta el 6-D, miró hacia los lados...nadie...sacó de su bolsillo trasero su tarjeta del banco, ya sabÃa como hacerlo...entró...
Aún quedaba tiempo, comenzó a echarle un vistazo a todas las cosas que la chica tenÃa en su apartamento, sus fotos, sus adornos, cada detalle, le gustaba estar allÃ; luego pasó al lugar que más le interesaba, el cuarto de Erika; no podÃa encontrar un motivo como habÃa llegado a eso, a obsesionarse asà con esta mujer, fue metiéndosele en la cabeza, haciéndole perder la razón, su apetito insaciable por ella no lo dejaba pensar... entró a su cuarto, su cama medio desarreglada, aún conservaba las huellas de su cuerpo, la imaginó allà desnuda, sobre la cama estaban sus bragas, las tomó, las pasó por su nariz, olÃan a ella...
Erika entró al edificio, solo tenÃa en su mente entrar en la ducha, hacer su rutina de siempre, aunque esa soledad la estaba matando, extrañaba a su ex, el trabajo del hospital le quitaba mucho tiempo para distraerse; a veces el médico de pediatrÃa la buscaba, algo habÃan tenido, pero el era casado, no podÃa prometerle ninguna relación seria. Llamó al ascensor.
Caminó hasta la puerta y metió la llave. Extraño...creÃa haberla cerrado. Cuando entró no entendÃa por qué, sintió algo raro, creÃa haber apagado las luces, raro, muy raro... O estaba tan estresada con ese trabajo, que estaba empezando a tener problemas con su memoria; fue a la cocina, abrió la nevera, tenÃa hambre, se harÃa unos sandwiches y con un vaso de leche calmarÃa su estómago. Pero antes...se meterÃa en la ducha, a relajarse. Comenzó a desabotonarse la blusa mientras se dirigÃa a su cuarto. Buscó en su gaveta la ropa que pensaba usar, eligió su baby doll negro, era el que mejor le sentaba, pasó al baño para cepillarse un poco, abrió la ducha para que el agua fuera entibiándose, se miró en el espejo, aún se veÃa bella, con su cabello moreno y ondulante, el cristal comenzaba a empañarse con el vapor, pasó sus manos por el vidrio para mirarse otro poco más y entonces... lo vio...  Justo detrás de ella, vio su cara observándola, quedó perpleja, un frÃo helado recorrió sus venas, se dio vuelta lentamente tratando de agarrarse a algo, de pensar que podÃa hacer...
-...que...que...quiere...cómo entró aqu� -
- Hola Erika, tenÃa tantas ganas de conocerte. Siempre he estado cerca de ti. Perdóname que entré asÃ, no querÃa asustarte. Vine a saludarte, la puerta estaba abierta y entré. -
- Le daré lo que quiera, pero por favor váyase, no diré nada a nadie. - Erika sabÃa que no tenÃa escapatoria. Estaba ante un loco maniático.
- Podemos llegar a conocernos linda, solamente quiero que me des una oportunidad -
Erika trató por todos los medios de pensar en una salida, el hombre alargó las manos para acariciarle el cabello, a pasarle los dedos por el rostro; a la chica le invadió una sensación de asco, de repulsión. -Muñeca no me rechaces, verás que los dos la pasaremos muy bien - En su desesperación Erika decidió seguirle el juego para poder distraerlo, dejó que siguiera acariciándola, mientras con las manos trataba de tantear en la cómoda del toilette para encontrar algo, recordaba que habÃa unas tijeras que habÃa dejado allÃ. Súbitamente sus manos dieron con ellas, en un momento que el hombre intentaba quitarle el sostén, Erika agarró las tijeras e intentó clavárselas, pero su atacante reaccionó más rápido. -Eso estuvo muy mal muñeca, yo quise ser bueno contigo, mejor es que no intentes otra cosa... -
La amordazó con un trapo para que no gritara, ató también sus manos para dejarla inmovilizada y allà sobre la cama la desnudó, y la penetró una, dos, tres, cuatro, cinco, incontables veces con una furia enloquecida, se abalanzó sobre su cuerpo mordiendo sus senos, su cuello. Erika cerró los ojos, mordiendo su boca para soportar el dolor, y el horror de lo que estaba viviendo, no podÃa creer que esto le estuviera pasando. SentÃa el sabor a sangre y las lágrimas que se mezclaban a través de su mordaza. -¡¿por qué, por qué Dios mÃo , por qué?! - No sabÃa cuántas horas habÃan pasado. No sabÃa cuántas veces la habÃa violado ese degenerado. Solo sabÃa que no saldrÃa viva de allÃ.
- Lo lamento nena, no puedo dejarte ir... sabes demasiado... perdóname - Lo último que Erika vio en vida fue una almohada hundiéndose en su cara.
¿Qué hizo? ¿Qué harÃa ahora? Fue al baño y vomitó. ¿Hasta dónde lo llevó su obsesión enfermiza? TenÃa que salir de allà lo antes posible. Miró su reloj, las tres de la madrugada. No habÃa nada que lo inculpara. Con su pañuelo limpió todo lo que pudiera haber tocado, en el baño, en los muebles, en la puerta, las cortinas permanecÃan cerradas, se acomodó su camisa y el pantalón, apagó las luces dejó a Erika allÃ, inerte... qué lástima, no hubiera querido tomar esa medida pero la mujer lo habÃa visto, no podÃa confiarse; apagó las luces, de repente sonó el teléfono, repicó varias veces y entró el mensaje - Eri, soy yo, Amalia, ¿estás en el baño? ¿te acuerdas los libros que te presté de anatomÃa?, necesito recogerlos, en cuarenta minutos estaré por allÃ, bye!!!; no perdió más tiempo, se asomó a la puerta, nadie...estaba de suerte... tenÃa que regresar como habÃa salido, o dar una vuelta por allà hasta esperar que cambiara el turno de los vigilantes. Escogió lo último, caminó sigilosamente por las escaleras y desapareció en la noche.
Se levantó con dolor de cabeza, le parecÃa que habÃa dormido meses, años, no tenÃa idea de la hora, solo recordó que era sábado, de repente recordó lo de la noche anterior, abrió los ojos mirando a un punto vacÃo. Erika...Erika... no estaba más, ¿la habrÃan encontrado? Se sentó pesadamente sobre la cama, no querÃa averiguar, seguramente ya estarÃa la policÃa haciendo las averiguaciones. Su coartada era perfecta, el habÃa llamado a la oficina para decir que estaba indispuesto, el vigilante lo habÃa visto llegar la noche anterior pero nadie lo habÃa visto salir después. No creÃa que tuviera que preocuparse, nunca habÃa tenido nexo alguno con esa mujer. Sin embargo desde que despertó sentÃa una sensación como de que algo se le escapaba. No podÃa por más que le daba vueltas a su cabeza, ¿qué era? Quizá más tarde lo recordarÃa. Fue al baño y se metió debajo de la ducha frÃa para poder quitarse esa pesadez, quizá después que todo aquello se olvidara, pedirÃa unas vacaciones para borrar todo ese asunto de su mente. Aún le daba vueltas a su memoria, se estaba olvidando de algo y no podÃa recordar...
Decidió más tarde dar una vuelta por el centro, tomarÃa un café, pero antes irÃa por el cajero a retirar algo de efectivo, al salir del edificio saludó al vigilante que le respondió con unos "buenos dÃas señor". Se subió a su Chevy azul que tenÃa en su puesto de estacionamiento guardado. Todo parecÃa ir normal, miró al edificio de enfrente pero no vio nada anormal, ningún movimiento raro. Tomó por la principal para dirigirse al banco. Se sentÃa tranquilo, seguro.
Estacionó el auto a pocas cuadras, y caminó hasta el cajero, sacarÃa lo suficiente para el fin de semana, aún no tenÃa planificado nada, solo quitarse de su mente lo de la noche anterior; si acaso llegaba algún detective a preguntar por su edificio su coartada lo salvarÃa. -No hay nada que temer- Llegó al cajero y buscó con su mano derecha como tenÃa por costumbre su tarjeta en su bolsillo trasero. Nada... tanteó en el otro bolsillo, nada, en su chaqueta, ¡maldición!, ¡la olvidó, pero en qué parte? estaba seguro que la traÃa... no! no! Entonces ató cabos. ¡Erika! ¡la puerta! estaba perdido.
Una voz resonó detrás de él.
-Â Sr. David F.? Es Usted David F?
Â
David se dio vuelta lentamente, un tipo de 1,85 mts. estaba parado detrás de él. Se puso pálido. Tembloroso.
- ¿Acaso es Ud. el dueño de esta tarjeta?
David bajó los ojos, se maldijo, maldijo su olvido, maldijo a Erika, maldijo su mala suerte, maldijo esa tarjeta de mierda, maldijo a ese maldito detective, maldijo su puta vida. Se quedó mirando al vacÃo. Ya no habÃa coartada...
FIN
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Felicidades por una excelente narración, Muy buenos pasajes