No sé cuánto duró aquella mirada, pero
ni qué detuvo el mundo alrededor;
solo sé que, al cruzarse con la mía,
algo en el tiempo dejó de ser reloj.
No hubo promesas, ni palabras grandes,
ni un juramento escrito entre tu y yo;
tan solo aquella forma de mirarnos
en que la vida entera nos tenía a los dos.
Después siguió la tarde con sus horas,
la luz se retiró tras el balcón,
y cada cosa regresó a su sitio,
como si nada entre nosotros sucedió.
Pero yo ya no era el mismo de antes,
aunque ignoraba entonces la razón;
¿cómo podía un hecho tan pequeño
dejar una huella de tal dimensión?
Tal vez el tiempo mida lo que pasa,
pero no mide aquello que sucede,
hay instantes que apenas tienen tiempo
y vidas que no alcanzan a igualarlos.
Creemos que lo eterno es lo que dura,
lo que no tiene término ni final;
pero ¿qué duración necesita el fuego
para demostrar que puede iluminar?
Una estrella puede arder durante siglos
sin que nadie la llegue a contemplar;
y una mirada, en un segundo,
puede enseñarnos lo que es amar.
Quizá la eternidad no esté en el tiempo,
ni en la imposible voluntad de no morir;
quizá consista en que, por un instante,
la vida no necesite más que existir.
Porque aquel día no detuvimos nada,
ni el mundo se cansó de caminar;
fuimos nosotros quienes, sin saberlo,
dejamos de pedirle al tiempo más.
Y ahora que aquel instante ya es pasado,
que no hay manera de volver atras
comprendo que no fue eterno porque durara…
fue eterno porque, mientras sucedía,
solo fue vivir y nada más.
Hay instantes que apenas tienen tiempo. Muy bien poeta uba gran poesia. Versos excelentes.