En una mañana soleada de principios de otoño, el parque Lincoln de Polanco se despertaba con el susurro de las hojas y el canto de los pájaros. Vale estaba en su puesto de trabajo cuando alguien le entregó una cajita con desayuno: un sándwich, un jugo fresco y una palanqueta dorada, dulce de cacahuate que llevaba el sabor de la tradición mexicana. Apenas eran las nueve cuando llegó una señora francesa con su hijo de nombre Tomás, de siete años. Ninguno hablaba español, pero los ojos del niño se iluminaron al ver una ardilla que subía y bajaba por el tronco de un gran árbol. El pequeño Tomás se acercó con paso sigiloso, pero cada vez que llegaba cerca, la pequeña criatura se refugiaba en las ramas altas. Vale sintió ganas de ayudar. Se acercó a la señora y, con una sonrisa y un gesto respetuoso, le pidió permiso para hablar con el niño. Ella asintió, desconcertada pero confiada. Vale tomó su palanqueta, se partió un pequeño trozo y se lo puso en la mano abierta de Tomás. Luego, con movimientos suaves, le mostró cómo extender la mano hacia el árbol, sin hacer ruido ni movimientos bruscos. El niño siguió sus indicaciones. Se acercó despacio, extendió la manita con el dulce y esperó. Después de unos segundos, la ardilla bajó con cautela, olfateó el aire y tomó el trozo de palanqueta con sus pequeñas patas, sin hacerle daño al niño. En ese instante, Tomás gritó de alegría y comenzó a hablar rápidamente con su mamá en francés, señalando la ardilla que ahora comía contenta en una rama cercana. La señora se acercó a don Vale con los ojos brillantes y le dijo con voz emocionada: "Merci". Vale sonrió y con un gesto de la mano le mostró que no había nada que agradecer que era un regalo compartir ese momento mágico. Luego se retiró despacio, dejándoles disfrutar de la mañana en el parque. Desde ese día, cada vez que veía una palanqueta, recordaba la sonrisa de Tomás y entendía que los mejores regalos no necesitan palabras para ser entendidos. no necesitamos hablar el mismo idioma para conectar con los demás. Ese detalle de la palanqueta y la ardilla es simplemente mágico.