Sentada a la mesa, espera María,
la sonrisa baja, pestañas caídas.
En un saloncito, verde de la mugre,
las tardes asientan, polvos de costumbre.
Cansada de todo, ve pasar el viento,
el vaho que asciende, en cristal de aliento.
Cuecen los fogones, la sopa, el cocido,
ella espera harta, ya de su marido.
Muy tarde y borracho, llega Juan a casa,
con la cara roja y la boca baja.
Ella mira el cielo, él la mira y calla,
no dicen las cosas , ya están muy mascadas.
Él traga la sopa y se va a la cama,
ella espera un rato, oye sus roncadas.
María suspira, entre la algarada,
otra noche en vela ,ya no pasa nada.
La fe ha huido, perdida esperanza,
mientras se ha esfumado y dormido en la estancia.
Sentada a la mesa, María despierta,
y por un segundo, pensó ya estoy muerta.