Si vas a cuestionar cuánto te amé, solo permíteme recordarte que detuve mi mundo para que entraras en él. Mis planes solitarios, esos que tanto disfrutaba, como sentarme a tomar un café mientras analizaba el entorno, inmersa en paz y tranquilidad, los cambié con ilusión por una taza extra junto a ti. Me imaginaba absorta en tu hermosa voz, escuchando una de tus tantas aventuras y viviéndolas a través de mi imaginación. Cambié mis pensamientos calmados y mis sueños apacibles por un caos de sonrisas, por la incertidumbre de que tus ojos se detuvieran en los míos y fuéramos cómplices de un deseo mutuo por pertenecernos. Cuestiona mis caricias, mi entrega diaria por seguir viéndote sonreír y, sobre todo, los matices que juntos le dimos a nuestras vidas. Cuestiona la necesidad que tuvimos de respirar el mismo aire y el anhelo de abrir los ojos para convertirnos en la primera imagen el uno del otro. Atrévete a decir que no te amé, cuando fui capaz de soltar una soledad que era aterradoramente sana para cubrirme con el manto de ese hermoso caos llamado amor, al que me abracé con desesperación. Nuestro adiós no fue por falta de amor. Fue consecuencia de que nos acostumbramos a la comodidad y, poco a poco, te fuiste alejando. No te lo reprocho, porque amarte también significó dejarte ser, sin juzgarte, y permitirte buscar aquello que creías que te hacía falta. No me culpes por haberte amado tanto y por no haber podido superar tu engaño. Aun así, mi amor por ti sigue vivo dentro de mí. Aunque mis planes diarios ya no te incluyan, deseo de corazón que encuentres aquello que realmente vuelva a hacerte feliz y que, esta vez, tengas la fortaleza y la sabiduría para valorarlo antes de que también se convierta en solo un recuerdo