En un bello país de Europa, Torben llegó al feudo siendo apenas un muchacho, después de que sus tierras natalicias fueran devastadas por una sequía. Lo primero que vio fue a Yakal: no como un caballero con armadura reluciente, sino como un hombre fuerte y silencioso que ajustaba las riendas de los corceles, con la misma dedicación con que ayudaba a curar las heridas de los guerreros. Desde ese día, Torben quiso ser como él. "Maestro Yakal, ¡quiero servirte como escudero! Cuando te hagas caballero, estaré a tu lado en todas las batallas", le dijo una mañana, mientras ayudaban a llevar heno al establo. Yakal sonrió y le puso una mano en el hombro. "Torben, joven fuerte como su nombre, yo no seré caballero. Aquí encuentro mi lugar: alimentando a los caballos que llevan a los guerreros, cuidando de los detalles que nadie ve pero que hacen que todo funcione. Tú tienes fuego en el corazón - ese fuego debe llevarte a ser lo que tú debes ser". Durante años, Torben aprendió de Yakal todo lo que este pudo enseñarle: a manejar las armas con precisión, a leer el terreno antes de una batalla, a cuidar de los heridos y a ser leal sin esperar recompensas. Pero nunca dejó de soñar con ver a su maestro con una espada ceremonial y un cetro. Cuando llegó el día en que el rey convocó a los vasallos más distinguidos para ofrecerles el rango de caballero, Yakal recomendó a Torben sin dudarlo. "Él tiene el valor y la sabiduría que un caballero necesita", dijo al señor feudal. Torben fue investido como caballero bajo los ojos de todo el reino. Fue la propia princesa Leonor quien lo nombró: desde su trono, tomó su espada real con la mano firme. El futuro caballero permanecía arrodillado frente a ella, y la princesa se puso de pie para tocar ligeramente sus hombros con la hoja de la espada, delegándole el cargo que ahora ostenta con orgullo, dignidad y respeto. Al final de la ceremonia, se acercó a Yakal, quien estaba allí como siempre - cuidando que los caballos de los invitados estuvieran bien alimentados. "Maestro, soy caballero ahora... pero lo soy gracias a ti. ¿Por qué nunca aceptaste este honor?" preguntó Torben, con la nueva armadura aún pesando sobre sus hombros. "Porque tú eres el que debe llevar este fuego adelante, hermano mío", respondió Yakal. "Yo ya viví las batallas, ya conocí la gloria y la pérdida. Mi lugar es aquí, asegurándome de que los caballeros como tú tengan todo lo necesario para proteger a los demás. Así somos más fuertes: unos luchando en el campo, otros sosteniendo el hogar". Torben nunca olvidó esas palabras. Como caballero, fue justo y valiente, y siempre buscó el consejo de Yakal antes de tomar cualquier decisión importante. Años después, cuando las canas ya comenzaban a teñir la barba de Torben, este era uno de los caballeros más respetados del reino. Tenía escuderos jóvenes a su servicio - todos diligentes y leales, pero en sus ojos nunca llegaban a alcanzar la marca que Yakal había dejado. Un día, mientras revisaba las armas con su actual escudero, un joven llamado Lorenzo, recordó cómo Yakal nunca necesitaba que se le dijeran las cosas dos veces. Sabía cuándo afilar la espada antes de que alguien lo pidiera, cómo preparar el caballo para un viaje largo sin que se lo indicaran, cómo encontrar hierbas curativas en medio del bosque como si las llevara grabadas en el corazón. "Lorenzo", dijo Torben, mirando al lejano horizonte donde antaño estaban los establos que Yakal cuidaba, "mi primer maestro... no, mi verdadero maestro, no era un caballero como yo. Era un vasallo que se contentaba con alimentar caballos y cuidar de los pequeños detalles. Pero nunca conocí a nadie más preparado, más honorable o más sabio". El joven escudero Lorenzo frunció el ceño: "¿Cómo puede ser, mi señor, que alguien sin título tuviera más valor que muchos caballeros?" "Porque él entendió algo que pocos logran ver", respondió Torben, con la voz entrecortada por la emoción. "El honor no viene de lo que el mundo te da, sino de lo que tú das al mundo. Yakal no necesitaba un título para ser grande - lo era por naturaleza. Y aunque he tenido muchos escuderos después de él, ninguno ha tenido esa misma combinación de humildad, dedicación y sabiduría que él llevaba en cada gesto". En las noches de invierno, cuando el fuego del salón principal bailaba en las paredes de piedra, Torben contaba historias de Yakal a los jóvenes guerreros que llegaban al feudo. No hablaba de batallas gloriosas ni de conquistas, sino de cómo Yakal curaba una herida en un caballo, cómo repartía su propia comida entre los más necesitados, cómo mantenía la calma en medio del caos de la guerra. "Quizás nunca lleguen a conocer a alguien como él", les decía. "Pero pueden intentar ser como él: honestos en lo pequeño, leales en lo grande, y siempre dispuestos a servir sin esperar nada a cambio". Y así, aunque Yakal ya no estaba físicamente con él, su legado vivía en cada decisión que Torben tomaba como caballero, y en cada enseñanza que transmitía a las nuevas generaciones.