En un día de viento,
al suelo cayó una hoja,
interrumpiendo el paso a la fila
de miles de hormigas que,
en el bosque, duramente trabajaban.
Hubo quien a bien tenía decir:
—Qué mal ha hecho quien
al suelo tirara una gran hoja
y así impidiera el trabajo y la marcha
de miles de hormigas que en busca de comida andaban.
El árbol tenía la hoja en su rama,
y su rama fue quien, con el tiempo, su hoja cedió;
el fuerte viento venció a una hoja madura.
Quizás por combatirla constante, de hecho el viento esperó y esperó;
pues cuando estuvo tierna, la hoja fue abrigada
por las barbas de la rama,
que cortaban hasta los vientos más fuertes,
haciéndolos silbar.
Cuando frondosa y verde la hoja estaba,
el viento jugueteaba empujándola con fuerza,
movía las ramas de forma armoniosa
y mecía al árbol que a bichos, ardillas y aves cobijaba;
tenía incluso un búho de grandes ojos:
el gran árbol a todos cuidaba.
La hoja en la rama obedeció a la naturaleza
y ya madura se desprendió del árbol, ayudada por el viento.
Las hormigas rodearon la hoja en el suelo,
encontrando a su alrededor abundante alimento,
y la enorme fila de hormigas continuó su marcha.
Hubo quien también observó:
—Qué desconsiderado ese fuerte viento… ¿dónde está?
Hay muchísimas hojas maduras… ¿quién las ayudará a bajar?
Y así el Otoño, con cambios en el bosque,
fue visto llegar por el Verano;
y un día en el bosque, el Otoño verá llegar al frío Invierno.
¿Qué nos mostrará?
Porque si alguien pudiera andar por ahí y observar…
Valerio...