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Salgo a la calle como quien busca una palabra
que olvidó en la mitad de una conversación.
No llevo un mapa. Solo tu nombre gastado
por los años y por las veces que lo pronuncié
sin que nadie respondiera.
Camino las veredas que alguna vez compartimos,
sin un rumbo preciso, y veo aún conservan
la forma de mis pasos de entonces,
pero ya no saben decirme en qué esquina
doblaste la vida.
Los árboles crecieron, las paredes cambiaron de color,
los negocios ya no existen, pero yo sigo esperando
que dobles una esquina con esa manera solo tuya
de llegar tarde, como si el tiempo hubiera
quedado esperándote.
Alguien me dijo que hace años dejaste el barrio.
Que una mañana cargaste tus cosas
como quien guarda el verano en una caja
y partiste hacia otra ciudad. Otra ciudad.
Dos palabras que bastan para imaginar un mapa
demasiado grande y comprender que la distancia,
no siempre se mide en kilómetros.
A veces alcanza con un silencio que nadie se atreve
a interrumpir.
Sigo caminando y pregunto en silencio a las ventanas,
a los bancos de la plaza, al viejo café donde discutíamos
cualquier cosa con tal de no hablar de lo importante.
A veces confundo algún rostro con el tuyo. Una risa.
Una espalda. Un peinado, la manera de meter las manos
en los bolsillos del abrigo. Siempre es otro.
Y entonces comprendo que no te estoy buscando solamente.
Busco también esa parte mía que se quedó conversando
en alguna esquina del pasado, mientras el resto siguió
viviendo sin darse cuenta.
Camino por las veredas porque los amigos también dejan
huellas en las calles que compartieron. Y hay días
en que uno necesita volver sobre ellas para comprobar
que realmente existieron.
Quizás nunca sepa si sos feliz donde estás, si encontraste
otro café de costumbre, otra plaza donde sentarte al atardecer,
otras personas que aprendieron y ahora comparten la forma
exacta de esa tu socarrona sonrisa.
Quizás tampoco sepa por qué te fuiste sin dejar una noticia,
una dirección, una señal que pudiera seguir.
Yo solo vine a buscarte con la ingenuidad de quien todavía
cree que los años pueden distraerse un instante y devolvernos
aquello que creíamos perdido.
Pero la tarde cae. y regreso con los zapatos llenos de calles
y el corazón con esa fatiga que dejan las búsquedas cuando
no encuentran a nadie.
Entonces entiendo que la ausencia también aprende a cambiar
de domicilio. Tal vez sí. Tal vez te mudaste a otra ciudad.
Tal vez estás lejos, viviendo otra vida, sin saber que todavía alguien
pronuncia tu nombre cuando pasa por aquellas esquinaas.
O tal vez fui yo quien se quedó viviendo demasiado tiempo
en un lugar al que ya no quieres volver.
Y mientras regreso, sin saber dónde estás, me queda
una certeza pequeña: hay amigos que se van de una ciudad
pero nunca terminan de irse de nosotros.
Quizás por eso sigo caminando, sin dejar de extrañarte,
esperando todavía que una tarde cualquiera dobles
aquella esquina llegando tarde, como siempre, como antes,
sin que sepas que todavía te estaba esperando.
(Para Alex)
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Al doblar l esquina se aproxima la nostalgia en la ausencia que concurre a l fiesta de la añoranza. Muy bien poets