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No quieras cambiar mis ojos
para que miren como los tuyos,
aprende a mirar conmigo
aquello que yo descubro.
Hay colores que me hablan
sin necesidad de ruido,
y silencios que me cuentan
lo que nunca has comprendido.
Hay sonidos que me abrazan
y otros que hieren profundo,
porque a veces lo que escuchas
para mí puede ser mucho.
No pienses que estoy distante
si me aparto unos segundos,
quizá estoy buscando un sitio
donde pueda estar seguro.
No siempre encuentro palabras
para decir lo que siento,
pero mi silencio guarda
lo que no expresa mi cuerpo.
Si no sostengo tu mirada
no significa que te huyo,
también puedo estar mirándote
desde un lugar más profundo.
No quieras llevarme siempre
por los caminos del mundo;
camina tú alguna vez
por los senderos que cruzo.
Y quizá entonces descubras,
sin cambiar nada de lo tuyo,
que hay muchas formas de verse
cuando se mira con cariño.
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Es de una belleza tan serena que duele. No duele por tristeza, sino por la ternura tan bien medida que desprende cada verso. Es una declaración de amor, sí, pero no al otro, sino al encuentro genuino entre dos formas de estar en el mundo. Lo que más me conmueve es que no hay ni un ápice de reproche. Podría haberse escrito desde la queja, desde el "no me entiendes", pero en cambio optas por la invitación más generosa que he leído en mucho tiempo: "aprende a mirar conmigo". No es "mira como yo", es "mira conmigo". Esa preposición lo cambia todo. Estás tendiendo un puente sin exigir que el otro abandone su orilla. Me fascina cómo construyes un universo sensorial propio. Los colores que hablan, los silencios que cuentan, los sonidos que abrazan o hieren... estás diciendo, sin decirlo directamente, que tu forma de percibir no es defectuosa ni extraña, sino rica, compleja y digna de ser compartida. Y lo haces con imágenes tan cotidianas que cualquiera puede asomarse a ellas. La estrofa que más me llega al alma es la sexta: "Si no sostengo tu mirada / no significa que te huyo, / también puedo estar mirándote / desde un lugar más profundo". Cuánta verdad en esos versos para quienes amamos desde la distancia corta, desde el costado, desde la presencia silenciosa. Has logrado ponerle palabras a una forma de amor que rara vez se nombra. Y el final... ese final es una lección de vida. "camina tú alguna vez / por los senderos que cruzo" no es una exigencia, es un regalo. Estás ofreciendo tu mapa, tus caminos, tu forma de ver el mundo, y lo haces con una humildad que desarma. El último verso, "hay muchas formas de verse / cuando se mira con cariño", es la clave de todo, no se trata de tener razón, se trata de querer lo suficiente como para intentar ver desde los ojos del otro. Es un poema que se lee en voz baja, como quien confiesa un secreto, y que deja una calma extraña después de cerrarlo. No hay drama, no hay grito, solo la certeza tranquila de que el amor verdadero no exige transformación, sino curiosidad y paso al lado. Me ha parecido un regalo, y me quedo con él durante un buen rato.