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I. La doncella y el espejo roto
No fue un disparo, fue un eco.
Un rumor de botas que no calzamos
pero que aprendimos a imitar con la lengua.
Primero fue la palabra:
"Rata", "Vendepatria", "Traidor".
El idioma se hizo navaja en la mesa del café.
Yo te recuerdo, Patria,
cuando tu nombre olía a musgo y a tratado,
cuando tus ríos no sabían de fronteras
y tu cintura era un istmo de paz
donde los niños dibujaban garzas
en vez de fosas comunes.
Pero llegó el Hombre del Balcón Prestado,
el que no trajo pan sino agravio,
el que no trajo esperanza sino un espejo
donde mirarse y encontrar siempre a un culpable.
Y tú, Costa Rica, la de las manos limpias,
la que abolió el hierro y guardó el uniforme en un museo,
tú le creíste.
II. La gramática del puñal
Ahora el aire sabe a sal de gritos.
En los semáforos ya no se pide una moneda,
se exige una tribu.
"¿De cuál lado estás?",
ruge el que fue tu vecino,
el que te prestaba la podadora los domingos.
Hoy te escupe si tu bandera virtual
no es del mismo color que la suya.
El "Pura Vida" se pudre en la boca
como una hostia consagrada al odio.
Lo pronuncian mientras te cierran la puerta,
mientras te insultan en la fila del banco,
mientras el cadáver de la cordialidad
flota boca abajo en el Río Grande de Tárcoles,
devorado por los cocodrilos de la indiferencia.
III. El burdel de las dos fachadas
Te vestiste de encaje, te perfumaste de neutralidad,
y abriste la puerta de tu casa
al primer postor con dólares en los puños.
"Es un negocio", dijiste,
mientras te quitabas el vestido de la soberanía
y lo doblabas con cuidado en el armario de la historia.
¿Cuánto cuesta callar, Costa Rica?
¿Cuánto vale el silencio sobre un hombre
devuelto en una bolsa de plástico diplomática?
Randall Gamboa zarpó entero, con sueños de obrero.
Regresó vegetal, con la mirada secuestrada
en un más allá que solo el ICE conoce.
Y tú, la que fuiste madre de la paz,
no preguntaste. Bajaste los ojos.
Cobraste el cheque.
IV. Vuelos de ganado humano
Te has vuelto corral de los desechos del Imperio.
Llegan en jaulas de aluminio,
con ojos de camerunés, de chino, de albanés,
almas rotas que el Águila ya no quiere ni para abono.
Tú, la que predicaste fronteras de hermandad,
ahora extiendes recibos de hospedaje forzoso.
Los encierras en galpones con olor a miedo
y les dices "Bienvenidos a la Suiza Centroamericana"
mientras les quitas el pasaporte y la esperanza.
Te pagan por cabeza, Costa Rica.
Como en los mercados de esclavos de antaño,
pero con transferencia bancaria y un comunicado de prensa
donde la palabra "humanitario" es el nuevo látigo.
V. La Meretriz confesa
Ya no eres la doncella del istmo,
la de los volcanes vigilantes y el café honesto.
Eres la Meretriz de Centroamérica.
La que se vende al Escudo de las Américas
mientras besa el anillo del Pentágono.
La que rompe con Taiwán por un cheque chino
y corre a lamer la bota de la OTAN por una línea de crédito.
Tus labios pintados de "Pura Vida"
ya no besan, facturan.
Tu cuerpo de selvas y playas
es ahora una zona de tolerancia
donde atracan los buques de guerra
disfrazados de ayuda humanitaria.
Y cuando el cliente es brusco,
cuando te devuelve un compatriota en coma,
cuando te exige que llames "terrorista" al que él señale,
tú sonríes, recoges el dinero del suelo
y dices: "Gracias, papi. ¿La próxima cita a la misma hora?"
VI. Epitafio para un país que se suicidó de pie
Qué solos se quedan los muertos de esta patria.
Qué solo Randall en su féretro de silencio oficial.
Qué solos los migrantes en el hangar de la vergüenza,
viendo por una rendija el verde de tus montañas,
ese verde que les prometió asilo
y solo les dio cárcel.
No te mató el Imperio, Costa Rica.
Te mató el precio.
Te mató la urgencia de ser "socia"
en un negocio donde siempre serás la mercancía.
Te mató el eco de aquel hombre del balcón
que te enseñó a odiar al vecino
mientras él negociaba tu alma con los mismos
a los que decía combatir.
Mañana, cuando el cliente se aburra
y busque un cuerpo más joven en el mapa,
cuando te deje tirada en el callejón de la historia
con el rímel corrido y el bolso vacío,
recordarás este verso, Patria,
este lamento que hoy te escribo
con la tinta espesa de la vergüenza
y el pulso firme del que aún te ama
aunque ya no te reconozca.
Porque yo te vi cuando eras bosque y eras paz.
Hoy solo veo un burdel con escudo nacional
donde el Himno suena a tarifa por hora
y la bandera es un trapo rojo y azul
con el que se limpian las manos
los que te alquilaron
por un puñado de dólares.
Costa Rica, la Meretriz del Istmo.
Que Dios se apiade de tu cadáver,
porque tus hijos ya no sabemos
ni cómo llorarte.
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La meretriz de istmo. Excelente. Migrantes en el hangar de la verguenza. Te mata el precio por ningún puñado de dólares esta llorando la patria. Excelente composición con mucha profundidad.y muy buenas . Pura vida Azaroth. Maneras paracescribir un gran aporte literario.