Cuando el mapa se rompa en las esquinas,
cuando el norte se vuelva una mentira
y el compás gire loco sin destino
persiguiendo una estrella que ya expira.
Cuando el eco te entregue tu silencio
y no sepas qué voz es tu verdad,
no preguntes afuera quién has sido,
no interrogues al viento en la ciudad.
Porque el hombre se pierde como río
que olvidó la ladera en que nació,
pero el agua retorna a su principio
si recuerda la piedra que la hirió.
Búscate en lo que amas sin medida,
en aquello que enciende tu costado.
En el lomo gastado de los libros,
en el perro que duerme a tu costado.
En la música triste que te arropa,
en el lienzo que espera tu pincel,
en el fuego manso de cocina,
en la tierra que huele a lluvia y miel.
Búscate en el instante en que perdonas,
en el gesto de abrir una ventana,
en la risa torpe que regalas
cuando el alma está rota por la gana.
Ahí estás.
No en los títulos,
ni en las fechas,
ni en el oro que oxida la tormenta.
Ahí estás.
En aquello que amas con tal fuerza
que hace que el pecho duela de contento.
Eso que amas es brújula y es puerto,
es la huella dactilar de tu sustancia.
No te busques jamás en el espejo:
búscate en el temblor de tu constancia.
Cuando te pierdas,
no hagas las maletas,
no camines de espaldas al hogar.
Cierra los ojos,
tócate por dentro,
y vuelve a lo que amas,
sin dudar.
Porque lo que amas no te ha abandonado,
siempre estuvo esperando tu regreso.
Es el único mapa que no miente,
la única oración que yo profeso.