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I. El primero: el ladrón
Llegó con su sonrisa de pirata,
con su forma de verme sin pedirlo,
y yo, tan joven, le entregué la plata
de mi honra sin saber que iba a hundirlo.
En sus brazos el mundo fue una hoguera,
conocí el filo dulce del pecado,
el placer que se clava como fiera
y el dolor de perder lo más sagrado.
No era bueno ni malo, era un muchacho,
un landronzuelo, pícaro, tomador,
que robaba relojes sin empacho
y también mi inocencia sin temor.
Por él perdí mi casa y mi apellido,
por él cerraron puertas a mi paso,
y sin embargo, no lo doy por ido:
fue mi primer incendio, mi fracaso
más dulcemente amargo.
Me enseñó que el amor a veces quema,
que la pasión no entiende de razones,
y que hay noches que valen la condena
de cargar con pesados eslabones.
II. El segundo: el sueño
Después vino el amigo, el silencioso,
el que nunca pidió más que mirarme,
el de los brazos cálidos de oso,
el que supo sin ruido cobijarme.
Platónico y sublime como un templo,
sus abrazos fueron pan y refugio,
y yo, que no aprendía con ejemplo,
le hice un hueco en el alma sin efluvio.
Fue amigo, solo amigo, y eso duele
de una forma distinta y soterrada,
porque lo que soñé no se deshiele
y se queda en el pecho congelada.
Un sublime quijote sin Sanchica,
un sueño que jamás bajó a la cama,
una historia que el tiempo no publica
pero que en la memoria aún me llama.
III. El tercero: la perdición
Luego llegó la puerta del abismo,
el vicio con mayúsculas y prisa,
el primero de muchos cuerpos mismo
que se entregan sin alma y sin sonrisa.
Fue la perdición dulce y amarga,
el descubrir que el cuerpo tiene hambre,
que la emoción se compra y no se alarga
más allá del gemido y el desgarre.
Fue el inicio de un viaje por la piel
donde los nombres pronto se borraban,
un carrusel de noches sin cartel
donde los besos nunca se quedaban.
IV. El cuarto, el quinto... y los que fueron
Se me perdió la cuenta en el camino,
¿qué más da si fueron cuatro o cientos?
El cuarto, el quinto, ya no los defino,
se los llevó la brisa de los vientos.
Pero recuerdo dos entre la niebla
que el tiempo ha rescatado del olvido:
uno casado, con su vida en niebla,
y otro empezando el viaje prometido.
Uno alto y fuerte, blanco como harina,
inculto pero sabio entre las sábanas,
que compensaba con su piel genuina
la falta de palabras cortesanas.
El otro, mi moreno pequeñito,
pasión pura y ternura en cada abrazo,
fuerte como un torrente en el delito
de amar sin pedir tregua ni rechazo.
A los dos los amé en el mismo instante,
compartido mi amor en dos orillas,
pero uno ya tenía dueña andante
y el otro pronto halló sus zapatillas.
V. Ahora: el puerto
Pero el amor, que es zorro y es paciente,
guarda el mejor regalo para el último,
y cuando ya creía que la frente
se cansa de buscar, llegó mi báculo.
Ahora estoy con él, con el que cuida,
con el que apoya sin pedir tributo,
el que entiende mi historia y no la olvida,
el que cambió mis lágrimas por fruto.
Es el mejor de todos los que he amado,
el que no roba, el que no sueña en vano,
el que no es vicio ni placer prestado,
sino la calma que me da su mano.
Él es la suma de cada experiencia,
de cada cicatriz y cada herida,
él es la recompensa y la paciencia,
él es el amor quieto de mi vida.
Gracias a los que fueron mi camino,
al ladrón, al amigo, al pasajero,
al inculto, al moreno, al desatino,
porque cada uno fue mi pregonero
de lo que no quería y sí quería.
Hoy sé que cada cuerpo fue una huella
que me trajo hasta el sol de este mi día,
hasta el amor que es puerto y no centella.
Y aquí me quedo, en calma, agradecido,
con todos mis amores en la frente,
porque al final, ganó lo buen vivido,
y el amor verdadero está presente.
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