El silencio de la madrugada
me arrastra, hipnótico y callado,
hasta el umbral de tu morada,
donde aún tiembla lo no nombrado.
El remordimiento me quita el aliento,
cada segundo es filo que hiere;
la promesa se disuelve en el viento,
y la fe, como humo, se pierde.
Los ladridos presagian desgracia,
mi mente se nubla en tormento,
los votos jurados se quiebran,
y mi sombra se hunde en su propio lamento.
Ahora tu sonrisa es distante,
como bruma que olvida sus raíces;
mis ojos se empañan al escribir
estas palabras profanas y grises.