El Príncipe y el Duende del Tronco Hueco
Hace muchos años, el padre del príncipe se aventuró por un bosque cubierto de niebla. Cansado del camino, vio un gran tronco y decidió sentarse... pero era un tronco hueco, podrido por la lluvia y la humedad del bosque. Al apoyar su peso, el tronco se rompió en pedazos – ¡era la entrada secreta a la casa de Grimbo, el duende maléfico! El duende salió furioso al ver su entrada destrozada y lanzó una maldición: "Por destruir mi tronco hueco, tu hijo será bellísimo... pero cada doncella que lo bese por su belleza se convertirá en sapo!" El padre del príncipe nunca creyó que la maldición fuera real, pensó que solo era la rabia de un duende enfadado. Pero cuando su hijo nació y fue creciendo, convirtiéndose en el príncipe más hermoso del reino, la desgracia llegó: cada vez que una doncella se atrevía a besarlo, ¡en un destello verde se transformaba en sapo! El príncipe se sintió terriblemente triste, pensando que nunca podría encontrar a alguien que lo quisiera por lo que era. Pero Madre Naturaleza presenció todo desde las sombras del bosque. Ella no aprobó que una ira pasajera afectara a una vida inocente, así que decidió poner un equilibrio al hechizo: "Como tú condenas a las doncellas a cambiar de forma por un beso, tu propia descendencia sufrirá lo mismo – pero al revés". Con los años, Grimbo, el duende maléfico, se casó y tuvo un hijo: Grimbo Chiquito, que era tan maléfico como su padre y se enorgullecía de su apariencia de duende – con nariz chata, orejas puntiagudas y piel de color tierra. Pero cuando las otras duendecitas del bosque empezaron a besarlo por su astucia y su forma de ser... ¡en lugar de convertirse en sapos, ellas se transformaban en una bella doncella humana! Grimbo, el duende maléfico, no podía soportarlo más – su hijo no podía tener novia duende como todos los demás jóvenes del bosque. Desesperado, fue a buscar a Madre Naturaleza para rogarle que retirara la maldición. Madre Naturaleza le respondió con firmeza y bondad: "El equilibrio que puse es justo. Si quieres que tu hijo vuelva a tener la posibilidad de amar a una duendecita sin que ella cambie, debes retirar la maldición que lanzaste al padre del príncipe. Solo así dejarán de aparecer esas bellas doncellas humanas cerca de tu mundo". Pero Grimbo, el duende maléfico, era no solo malo, sino muy, muy rencoroso. Después de pensarlo, negó con la cabeza y dijo: "No lo haré – jamás perdonaré que destrozara mi tronco hueco". Entonces Madre Naturaleza pronunció su sentencia: "Si así lo deseas, entonces tú mismo sufrirás tu propio hechizo. Cada vez que una doncella se convierta en sapo y una duendecita en una bella doncella humana, sentirás cómo tu propia forma empieza a cambiar... hasta que decidas hacer lo correcto". Desde ese día, Grimbo, el duende maléfico, empezó a notar cómo su piel se volvía más suave y sus orejas menos puntiagudas. El horror se apoderó de él al ver que estaba empezando a parecerse a los seres humanos que tanto detestaba. Sin pensarlo más salió huyendo, atravesando el bosque despavoridamente hasta llegar hasta donde vivía el padre del príncipe. Se paró frente a él y dijo con voz entrecortada: "Humano, has roto mi tronco hueco – al principio creí que era un merecido castigo... pero ahora te voy a quitar el hechizo. De no ser así, seguirán apareciendo humanos en mi mundo!" Con un movimiento circular de sus manos y un destello de luz verde brillante, Grimbo, el duende maléfico, usó su arte de magia para retirar completamente la maldición. Desde ese momento, el príncipe pudo por fin recibir el beso de una bella doncella sin que nada terrible pasara. Y como el equilibrio se restableció, Grimbo Chiquito volvió a ser el duende que era – horrible para los humanos, pero tan bello como todos los demás duendes a los ojos de su gente. Así pudo tener a su alrededor infinidad de duendecitas bellas, sin temor a que se convirtieran en los detestables humanos que para ellos parecían ser.
Horrible para los humanos pero bello entre los duendes. Excelente narración. Muy buen aporte