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No fue el odio, tampoco el desprecio,
fue la fría altitud de una mirada,
el mármol que se alzaba, de sí mismo satisfecho,
entre tu soledad y mi nada.
Fue la espada de hielo, esbelta y dura,
que forjé con el fuego de tu entrega;
fue la torre de orgullo en la llanura
donde murió de sed nuestra cosecha.
Orgullo, duro oficio de guardián
de una celda vacía, un bien perdido:
eres el arquitecto del desván
donde yace, sin luz, lo más querido.
Eras la mano que soltó la mano,
el sordo corazón tras la armadura,
el temor disfrazado de soberano,
la ruina de la dicha más segura.
Ahora, en este silencio sin consuelo,
solo habita un recuerdo que tortura:
fue mi orgullo el hacha para el suelo
que arrasó con la flor de tu ternura.
Y en la estancia del alma, ya desierta,
solo queda el fantasma de un reproche:
una palabra nunca dicha, siempre abierta,
como una falla en el corazón de la noche.
Porque el orgullo es el sepulcro elegido,
la losa que nos cubre en vida fría,
el déspota amargado y bien vestido
que cambia, por un reino, la alegría.
Así, yo fui el verdugo y la ruina,
el niño que rompió su propio espejo,
y hoy, dueño de un palacio que ilumina
esta luna de escarcha y de despecho.
Perdí la primavera por ganarle
a la nada el honor de una muralla,
y ahora solo me queda descifrarle
al viento cómo duele esta batalla.
Orgullo, albañil mudo de la ausencia,
tú pones cada piedra del olvido:
sobre el amor levantas la presencia
de un muro para un triste y un perdido.
Y al final, solo tú, muro erguido,
testigo del amor que se deshace,
sabes que este silencio, ya vencido,
es el tributo amargo que me nace
por haber levantado, piedra a piedra,
la losa que partió lo que más quise:
mi orgullo fue la mano de la hiedra
que mató, al abrazar, a la raíz.
El dolor no es relámpago, es semilla
que siembro en cada grieta del gran muro:
una cosecha amarga y amarilla
de lo que pudo ser y no fue puro.
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