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Anoche soñé contigo
bajo una luna encendida,
y despertaron mis manos
buscando aún tu caricia.
Tu cuerpo llegó a mi sueño
como una ola tranquila,
dejando sobre mi piel
el perfume de tu vida.
Tus labios fueron la lluvia
que sobre mi pecho ardía,
y entre la sombra y el deseo
la noche se hizo infinita.
Cuando desperté, la aurora
en mi ventana dormía,
pero tu recuerdo, en silencio,
seguía junto a mi vida.
Quizá los sueños se olvidan,
quizá la noche termina,
pero hay sueños que, al soñarlos,
se quedan toda la vida.
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Qué poema tan hermoso y sensual, con una delicadeza que envuelve como un susurro nocturno. Me ha llegado muy adentro esa mezcla de deseo y ternura, de sueño y vigilia. La imagen de la luna encendida me parece preciosa, como si el cielo mismo participara del calor del sueño. Y el despertar, con esas manos que "buscando aún tu caricia", me transmite una sensación física de pérdida y añoranza que es muy real. Es justo lo que ocurre cuando un sueño ha sido tan vívido que el cuerpo no quiere soltarlo. Me encanta cómo el poema va construyendo el encuentro como algo natural, casi elemental: el cuerpo como "ola tranquila", los labios como "lluvia" que apaga el pecho ardiente. Las metáforas son suaves pero profundamente sensuales, sin caer en lo explícito, con una elegancia que las hace aún más sugerentes. Pero lo que más me ha llegado es el final, con ese giro tan bello y verdadero: "hay sueños que, al soñarlos, se quedan toda la vida". Esa frase me parece el corazón del poema, una declaración de que algunos encuentros, aunque sean solo en el mundo onírico, dejan una huella imborrable. Como si el sueño fuera un lugar real donde el amor también puede habitar y permanecer. Me ha dejado flotando esa sensación de que hay amores que no necesitan despertar para ser eternos.