Hubo una vez en América un general de caballería que tenía un hijo, capitán de las fuerzas armadas. Ya pasados los cuarenta años, el exitoso capitán no se casaba. Preocupado, el general lo mandó llamar y le dijo:
—Quiero que me acompañes a visitar a mi amigo el coronel Melquiades y conozcas a su hija, Dulce María.
Al día siguiente, el capitán conoció a la hermosa Dulce María. Al tratarla, notó que su finura y voz delicada eran agradables, pero era tan autoritaria que le causó fastidio.
Sorprendido, el general le dijo:
—Bien, iremos a visitar a mi amigo el mayor Clarín y conocerás a su hija, la bella Marcelina.
Así lo hicieron. Al llegar a la mansión, fueron recibidos por una joven que anunció su visita. En el recibidor apareció vestida de deportes la atlética hija del mayor: extremadamente inteligente, adelantada en todo, triunfadora y retante… que también fastidió al capitán.
Decepcionado, el general dijo:
—Vamos al salón Casino, quiero que me acompañes a tomar una copa.
Allí encontraron sentada a una hermosa dama, con copa de champaña y un largo cigarrillo, de aspecto fresco y agradable. El capitán preguntó:
—¿Quién es esa bella dama que está sentada frente a nosotros, papá?
El general respondió tranquilo:
—Nos atiende aquí desde hace tiempo, es de confianza.
—¿La puedo conocer? —preguntó el capitán con ánimo.
Al recibir el sí, se presentó ante ella. Y el general vio a su hijo reír, platicar, jugar y bailar con ella durante horas. Al irse, quedaron en volver cuantas veces pudieran.
Sorprendido y aliviado, el general le preguntó:
—¿Qué tuvo esta dama que te agradó tanto y no viste en las hijas de mis amigos?
El capitán respondió:
—Las hijas de sus amigos son bonitas, pero solo piensan en ganar y lucir triunfo. Yo sé ganar y perder; solo quiero a alguien que me acompañe, con quien pueda vivir jugando… jugando a vivir.
Al escuchar esto, del rostro del general se desprendió una sonrisa que parecía tener muchos años guardada en lo más hondo de su corazón.
Valerio...