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Se me ha ido tan pronto,
tan callada,
que el reloj de pared quedó en suspenso
y el café de la tarde se hizo hielo
en la taza que ahora es un inmenso
silencio sin tus manos.
Se me ha ido
como se va la luz en el ocaso,
sin pedir permiso, sin aviso,
rompiendo con su adiós todo mi paso.
Y yo que había firmado otro contrato,
yo que había medido la distancia
con la vara infinita de los años,
yo que había comprado la ganancia
de verte envejecer entre mis brazos.
Se me ha ido tan pronto que el futuro
se ha quedado vacío de repente,
como una casa enorme sin ventanas
donde el viento se estrella contra el puente
de mi pecho sin aire.
Madre mía,
yo que tanto soñaba con cuidarte
cuando el pelo te fuera plateando
y los pasos costaran levantarte.
Yo que tanto quería devolverte
cada noche en vela que me diste,
cada fiebre domada con tu aliento,
cada miedo infantil que deshiciste.
Pero el infinito era mi medida,
era el tiempo que yo te había ofrecido,
era un mar sin orillas ni fronteras
donde siempre estuvieras conmigo.
Y resulta que el mar se volvió charco,
resulta que el reloj se partió en dos,
resulta que el infinito era un número
que no estaba en la cuenta de los dos.
Te me has ido tan pronto,
tan apenas
empezaba a entender lo que decías,
cuando apenas sabía que tu risa
era el sol que mis días encendías.
Y ahora duele la casa,
duele el aire,
duele el hueco que dejó tu cuerpo,
duele el no haberte dicho tantas veces
que eras todo mi mundo, todo el centro.
Duele el infinito que soñaba,
duele la eternidad que se hizo corta,
duele el "para mañana" que guardaba
porque el mañana ya no te soporta.
Pero en medio del grito y la amargura,
en medio del pesar que me desgarra,
en esta angustia que me come vivo
y esta nostalgia que me desamarra,
Hay un gracias inmenso y silencioso,
un gracias que me quema en la garganta,
porque aunque el infinito fue mentira,
lo que viví contigo me levanta.
Gracias por ser mi madre en la distancia
que ahora separa el cielo de mi suelo,
gracias por cada abrazo que me diste,
por cada despertar sin desconsuelo.
Gracias por ser la luz que tanto quise
guardar en mi infinito de mentira,
gracias por ser la madre que tuviste
aunque hoy la vida se me parta en tiras.
Se me ha ido tan pronto,
madre mía,
que el infinito supo a poco rato.
Pero en el poco rato que estuviste
me diste el universo en un retrato.
Y eso,
eso que duele y que me mata,
eso que no se paga con el llanto,
es también el regalo de tu vida:
haberte amado y que me amaras tanto.
Descansa,
que aquí me quedo roto,
con la mitad del infinito roto.
Pero entero en el alma que me diste,
entero en el amor que no está roto.
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